Serna del Campo, Francisco Javier

Francisco Javier Serna del Campo

Sacerdote (1937-2016)

Nacimiento: Osorno (Palencia), 10 de enero de 1937
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1953
Ordenación sacerdotal: Salamanca, 14 de abril de 1963
Defunción: Madrid, 31 de diciembre de 2016

Javier nació en Osorno en el seno de una familia muy sencilla en la que aprendió el valor del trabajo duro para poder vivir y la honestidad para comportarse debidamente en la sociedad. En Osorno conoció al salesiano don Olegario Salán, que sin duda influyó en su vocación.

Hizo regularmente su aspirantado y en 1952 entró en el noviciado de Mohernando, donde profesó el 16 de agosto de 1953. En Guadalajara cursó los estudios de filosofía. Después del trienio práctico, marchó a Carabanchel Alto para comenzar sus estudios de teología. Al trasladarse el estudiantado teológico a Salamanca, Javier terminó teología en esa ciudad y en ella fue ordenado sacerdote el 14 de abril de 1963.

Desde su ordenación llevó una intensa vida salesiana, con obediencias en las casas de Arévalo, Madrid-Paseo Extremadura, Guadalajara, Madrid-Domingo Savio, Salamanca-María Auxiliadora, Madrid-Atocha y Ciudad de los Muchachos y Fuenlabrada.

Fue fundamentalmente un salesiano educador-pastor de los jóvenes. Le encantaba la educación. Fue un excelente profesor de arte, historia y filosofía durante muchos años. Daba sus clases con una intensidad y una preparación envidiables. Su complicidad con los jóvenes era total: hablaba con ellos de sus temas y preocupaciones, los conocía y ayudaba, los seguía en su día a día. Son miles los antiguos alumnos que le recuerdan como un excelente profesor y amigo, en los diversos centros donde dio clase.

Aunque esta era su inclinación natural, la obediencia lo llamó a ser párroco del santuario de María Auxiliadora en Atocha, donde ejerció de pastor y guía durante nueve años y durante casi otros nueve en la parroquia de María Auxiliadora en Fuenlabrada, desde donde en plena actividad le sorprendió inesperada y rápidamente la muerte. Después de una jornada de trabajo culminada con una reunión con seglares que le ocupó hasta las diez y media de la noche, a la mañana siguiente se le encontró inconsciente tendido en su habitación. No recuperó ya la conciencia.

Su entrega a las labores de animación parroquial fue también total, como lo había sido en la escuela: cuidaba sus predicaciones, la catequesis de adultos, el seguimiento y acompañamiento de todos los grupos de animación parroquial. Javier era intelectualmente muy ágil y versátil, razonablemente muy crítico y abierto a todas las posturas, y a todos los puntos de vista que pudieran tener alguna semilla de verdad. Y esta curiosidad intelectual le llevó no solo a coleccionar multitud de documentos (escritos y sonoros) referentes a muy diversos temas, sino a participar en centenares de conferencias, exposiciones, conciertos, peregrinaciones, excursiones y acontecimientos culturales de todo tipo en las ciudades por las que vivió su obediencia religiosa. Para él, todo le servía para descubrir y testimoniar al Creador y para construir una humanidad nueva. Dios le regaló la vida y Javier supo aprovecharla y vivirla a tope. Fue generoso en aprovechar los talentos que el Señor le concedió y los hizo rendir al servicio de los jóvenes en la Congregación Salesiana.