José Díaz Hurtado
Sacerdote (1884-1965)
Nacimiento: Cádiz, 21 de diciembre de 1884
Profesión religiosa: Sevilla, 24 de septiembre de 1904
Ordenación sacerdotal: Cádiz, 17 de diciembre de 1910
Defunción: Cádiz, 31 de diciembre de 1965
Gaditano de nacimiento, vino a rendir su vida en su querida casa de Cádiz, que él viera nacer en 1904, cuando ya se había asomado a la casa salesiana de Sevilla-Trinidad, donde bajo la guía de don Pedro Ricaldone hizo el aspirantado y noviciado (1902-1904) y profesó el 24 de septiembre de 1904.
De inmediato, es destinado a Cádiz, como miembro de la comunidad fundadora. En su primera etapa gaditana pasa 12 años (1904-1916), alternando la asistencia y el magisterio con los estudios de filosofía y luego de teología, que culminan con la ordenación sacerdotal y su primera misa, cantada el 1 de enero de 1911 en la iglesia del colegio. Y ya sacerdote, prosigue por un quinquenio más en su Cádiz, dejando jirones de su juventud como consejero, prefecto y catequista sucesivamente.
En la década siguiente (1916-1925) las casas de Carmona, Montilla, Alcalá de Guadaíra y Écija saborean sus ansias apostólicas como catequista. Y desde ahora, eterno confesor, prodiga su ministerio sacramental en las casas de Málaga, Écija y Algeciras, donde durante ocho años es también coadjutor de la parroquia del Carmen, Carmona, Antequera, Canarias, tanto en Las Palmas como en Sta. Cruz de Tenerife, y Utrera. Todas fueron testigos de sus muchas virtudes, de su trabajo intenso y lleno del más alto espíritu de sacrificio. El año 1951 volvía de nuevo a su Cádiz, cargado de méritos y de experiencia hasta el ocaso de su preciosa existencia.
Horas y horas sin tasa ni medida en el confesionario, siempre concurrido y asediado por alumnos, salesianos, salesianas y fieles de toda edad y condición. De sencilla obediencia, su respeto al superior se condensaba en la expresión: «Mande Ud. lo que quiera…».
Su gratitud por cualquier favor que se le hacía, su exquisita delicadeza y su refinada urbanidad para corresponder a todas sus amistades traslucían un corazón bondadoso y entregado.
Su devoción a la Santísima Virgen, cuyo rosario no caía de sus manos, su deseo de celebrar la santa misa, impedido por la debilidad de las piernas, y sus continuas jaculatorias al santo fundador delataban su auténtica piedad, a la vez profunda y expresiva.
Horas antes de morir, en medio de múltiples dolores, cuando le comunicaron que el médico iba a venir, como respondiendo a un impulso interior, pregunta si ya lo habían felicitado por su santo (al médico). Así de desprendido y atento era el bueno de don José, que fallecía el último día de 1965, a los 81 años.