Armelles Pallarés, Ernesto

Ernesto Armelles Pallarés

Sacerdote (1884-1963)

Nacimiento: Ares del Maestrat (Castellón), 25 de noviembre de 1884
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 16 de agosto de 1902
Ordenación sacerdotal: Foglizzo (Italia), 28 de octubre de 1910
Defunción: La Coruña, 1 de mayo de 1963

En la mañana del día 1 de mayo de 1963, en el colegio salesiano Don Bosco de La Coruña, a los 78 años de edad, 60 de profesión y 52 de sacerdocio, se apagó la luz de la vida del querido y admirado don Ernesto Armelles Pallarés.

Don Ernesto era natural de Ares del Maestrat (Castellón), de las nobles tierras del Maestrazgo. Nació el día 25 de noviembre de 1884. En el seno de su ejemplar familia florecieron cuatro vocaciones religiosas salesianas: dos sacerdotes —Ernesto y José Miguel— y dos Hijas de María Auxiliadora.

En el año 1900, cuando contaba 16 años, ingresó como aspirante en Sant Vicenç dels Horts. Allí mismo hizo el noviciado, que culminó con la profesión religiosa, el día 16 de agosto de 1902.

Su primer destino fue el colegio de Sarrià. En aquel ambiente salesiano perfumado con la visita de Don Bosco y las virtudes de sus primeros hijos, don Ernesto atendió a sus estudios de filosofía y simultáneamente aprendió a ser modelo de maestro y asistente salesiano.

Allí mismo inició los estudios de teología mientras asistía y daba clase a los alumnos. Por entonces, llegó a Sarrià don Miguel Rua quien le propuso ir al seminario teológico salesiano de Foglizzo (Italia), donde cursó los estudios de teología, culminados con la ordenación sacerdotal el día 28 de octubre de 1910.

Estrena su primer año de sacerdocio en el colegio de Sarrià. Al año siguiente, pasó a Valencia. Así lo recuerda su hermano José Miguel, sacerdote salesiano también: «Del año 1913 a 1914 estuve con él en Valencia, preparándome al aspirantado. No tuvo conmigo ningún trato especial. Tampoco llegué a enterarme dónde tenía su alcoba. Solo noté que era muy apreciado de los superiores, los antiguos alumnos y los muchachos».

La obediencia lo destinó después a Orense, como director del colegio salesiano de aquella ciudad.

A los tres años, pasó, con el mismo cargo, al colegio San Juan Bosco de La Coruña, donde dirigió la construcción de un nuevo pabellón para alojamiento de la comunidad y para clases.

En 1929, fue destinado como administrador al colegio de la Ronda de Atocha de Madrid. En 1932 fue nombrado director y párroco del colegio del Arenal de Vigo hasta el año 1935, en que volvió al colegio de la Ronda de Atocha de Madrid, como catequista.

Su calvario comenzó el domingo día 19 de julio de 1936, cuando las milicias revolucionarias asaltaron el colegio de la Ronda de Atocha. Con otros salesianos fue arrestado, interrogado y encarcelado. Pasó por todo tipo de paseíllos, pero se libró de la muerte, aun habiendo confesado su condición de cura, porque no lo consideraron peligroso.

La familia Royo Marín se arriesgó a acogerlo en su casa, una vez liberado: «Sentíamos por don Ernesto un cariño entrañable. Mi madre siempre decía: “Don Ernesto nos trajo la bendición de Dios”. Teníamos constantes registros y detenciones de mis hermanos. Llegó don Ernesto y nadie nos volvió a molestar. El pobrecito no sabía cómo expresarnos su gratitud por haberlo amparado, en aquellas circunstancias trágicas, cuando, en realidad, éramos nosotros los que le debíamos a él gratitud».

Con su confianza en la Auxiliadora, logró entrar, ya en el año 1937, en la delegación de Rumanía y, bajo pabellón extranjero, marchar a Valencia y tomar un barco que lo llevó a Francia. Por la frontera de Irún pasó a Pamplona.

De 1937 a 1939 estuvo en el colegio de Allariz como director, de donde pasó al colegio de Béjar como confesor. A finales de 1944, le sobrevino un violento ataque de reumatismo que lo inmovilizó en cama varios meses y lo puso en trance de muerte. Fue destinado a Vigo y después al Colegio Don Bosco de La Coruña como confesor, donde se restableció por completo y pasó el resto de sus días, hasta que le sobrevino la muerte, a los 78 años de edad.

Son muchos los testimonios de personalidades de dentro y de fuera (monseñor Olaechea, inspectores eméritos, familiares, antiguos alumnos…) que canonizan la persona humana, religiosa y sacerdotal de don Ernesto: «¡Un auténtico santo!».